14/06/16

Bimenstrual.

No sé si sea algo general. No podría asegurar algo así, pero de viva voz me he enterado que una mujer se siente fea, sucia, en desventaja frente a otras mujeres y muy vulnerable cuando está enmedio de su menstruación. Y trato de no ser chocantemente descriptivo en ello, solo que en síntesis eso entendí de las dos mujeres que tuvieron ese arrebato de sinceridad. Y es raro, pero ambas dos son lo que yo considero mujeres exitosas y guapas, inteligentes e independientes, pero también honestas al desnudar sus puntos débiles. Ese sentimiento, es el que las pone de malas, por el cual discuten, pelean y rompen relaciones, al menos hasta que se sienten con la entereza de rectificar.

Pues con ese mismo dejo de sinceridad podría decirles que me siento igual, claro, exceptuando que yo no estoy cumpliendo con un ciclo natural, y que mi sentimiento de desventaja y vulnerabilidad está muy cerca de cumplir dos meses. Muchos hombres podrían reclamarme luego que venga a desmitificar nuestra arrogante virilidad a toda prueba, pero tampoco es regla general. Estoy hablando de mi.

No es soledad, ni tampoco es tristeza... o ese vulgar sentimiento de depresión que nos ayuda a dejar de ir a clases porque "nos sentimos mal". Es realmente un poco más atroz. Es desconcertante, por decirlo de alguna manera, el ir comprobando lo que uno es capaz o no de hacer bajo las condiciones en que uno vivirá el resto de la vida. MIS condiciones, el resto de MI vida, por si necesito aclararlo.

Desde que todo esto empezó, he llorado. Primero todos los días, ante la sensación de coraje e impotencia. Después mis lágrimas fueron por cosas más razonables y tristes. La última vez que lloré hasta quedarme dormido, fue porque estaba besando de despedida muchas cosas que ya no formarían parte de esta vida. Eso de "dejar ir" y "empezar una vida nueva" son cosas mucho más difíciles que solo escribirlas y jactarse de ellas. Lo es. Dentro de todo, no me apena que me lean acerca de que lloro, puesto que solo lo he hecho ante muy pocas personas. Ustedes pueden conformarse con imaginarlo.

Pero, es cierto que en el fondo, arrumbado junto a los celos, junto a la autoconmiseración y la frustración de irle al Cruz Azul, tengo un profundo sentimiento de sentirme rebasado. Un sentimiento amargo que me hace odiar mucho los días que he pasado así, y los que me restan por pasar. Muy honestamente les diré que yo se que la vida sigue, que pronto podré caminar, que soy alguien bien chingón y demás yerbas... lo cierto es que realmente, ahora mismo, no consigo disipar del todo el sentimiento de desesperanza y de sentirme disminuído frente a la inmensidad de lo que me queda por vivir.
Acepto que he de ser más difícil de tolerar de lo que regularmente soy, que de pronto hay situaciones o palabras que me duelen porque las recibo directamente con esa parte del cerebro que me dice que, o me pongo chingón o mejor deje de respirar y ocupar espacio. Probablemente estoy mal educado, a lo mejor es que he visto muchas películas de Duro de Matar, pero así me veo. Estoy herido, cansado, impedido, un poco frustrado y ya se que esto no va a durar, que la vida sigue y que chingue a su madre el America, lo se... pero hoy, todavía no he alcanzado ese grado de iluminación.

Dudo seriamente haber herido a alguien tanto como para ofrecer disculpas impresas en sangre sobre el Santo Sudario de Turín, pero por si lo he hecho sin enterarme, no tengo empacho en disculparme y ser sensible. Después de todo, ya voy a cumplir dos meses de estar "en mis días"

21/10/15

DISECCIÓN.




Me pasó antes. No entiendo como le hace uno para decidir algo así, lo único que noté es que paré de escribir. Nada. Tenía cientos de ideas. Personajes nacían y morían en mi cabeza sin llenar párrafo alguno. Pararme ante un espacio vacío de letras empezó a parecerme terrible y amenazante. Simplemente cerré de alguna manera esa puerta por la que pasaron tantas historias.
Me vi, del otro lado. Leyendo cuentos, reportajes y notas informativas que distaban muchísimo del ideal de una persona que se precie de ser escritor, o más llanamente, un escribidor de notas con rígidos cánones y lineamientos básicos. Mil veces me he reído de las pretensiones ajenas, pero con esa velada envidia de ser simplemente un espectador. Un testigo sin voz ni voto del transcurrir de las historias ajenas

Como corresponde, acumulé  amargura y frustración ante el éxito de los demás. Sé que no suena bonito, pero es así. No fui capaz de mirar mi propio éxito, ni mis logros, estaba más absorto soñando con lo que no fui, que en lo que me estaba convirtiendo. Necesitaba, y necesito cuantificar todo ese tiempo en que me esforcé, en que cree, en que inventé mis hechuras personales, mis utilerías y mi manera de trabajar. No era capaz de apreciarme, de quererme, de admirarme.

Hace poco, mi computadora sufrió daño y me vi incapaz de acceder a mis archivos, a mis bibliotecas y a mis guiones. Me encontré asustado de ver como más de 4 años de producción, de conceptos, esfuerzos y trabajo duro se estaban desvaneciendo. Ahí comencé a pensar un poco diferente. Alguien, con honestidad me alabó en mi manera de trabajar. “Estás viviendo mi sueño” – me dijo, y acto seguido, empezamos a pensar juntos. Hay otras personas que confían en mi, que han aprendido a verme como parte de la vida cotidiana de mi pueblito, que me apoyan, me siguen y hasta me encuentran inteligente.

No se cuán profundo es el daño, ni cuánto tiempo vaya a tardar en recuperar ese amor por mi quehacer creativo. Lo que si entiendo es que necesito quererme más. Necesito bajarle un poquito a mi exigencia y volver a maravillarme con lo que hago. Sentir esa pasión de saltar frente a las cámaras y regresar a lo básico. No soy un superhombre, por más que la mofa que hago de mi mismo así lo indique. Solo soy un tipo que está desmenuzándose en un intento de encontrarse. Quiero hallar ese bloqueo que tengo, destrabarlo, abrirlo. Quiero estar leyéndome, admirado de todo lo que provocan las letras, quiero dejarme ir entero en mi texto.

Y por eso escribo y describo. Porque quiero quererme mejor.

16/09/15

El México "que vive"

Miles de ampollas deben haber surgido en las manos de incontables mariachis mientras ensayaban la ejecución del "México lindo y querido". Ríos de tinta han fluído para alabar a nuestra nación. Fotógrafos que no cesan de cazar la toma rotunda y definitiva de lo que es México. Mujeres de hermosura sin igual, atletas que han sudado hasta el desmayo la camiseta y cineastas que se llevan un cachito de la patria hasta donde el público les aplaude. No dudo que todos ellos, enmedio de su ejecución, de su inspiración y su talento hayan sentido que el pecho les estalla de fervor. De eso está hecha la patria.

México, esa palabra que hasta el sol de hoy no acaban de darle definición, que si el ombligo, que si la luna, que si el bigote de Zapata. El caso es que yo también he sentido tremendas ganas de llorar cuando he dirigido el Himno Nacional en la primaria. Yo he declamado, aún sin conocer bien todas las palabras, con el orgullo de portar en mi camisa un distintivo patrio. Yo he marchado, cada vez con mayor desenfado, en los desfiles. Primero muy derechito y disciplinado y ya después, con el cinismo de acudir "porque si no, nos quitan puntos". Y de pronto, la vida fué ocurriendo.

Me vi, buscando listones tricolores, estampando gallardas águilas en uniformes, tratando de hacer trenzas, corbatas de moño y afinando los trajecitos. Me vi pagando impuestos, tramitando documentos, lidiando con burócratas, arrinconado por personas de poca calidad moral, acosado y todo aquello que implica crecer en nuestro país.
Es mentira que las cosas malas solo le ocurrirán a aquellos que se muevan entre tal ambiente de crimen
y contraley. He vivido el abuso y la injusticia, la maldad y el crimen, pero tengo que reconocer también que mi vida no ha sido la de un mártir. Igual me han pasado cosas maravillosas, pese a que he mentido, me he corrompido, he abusado de mi "nivel", he usado mis "influencias" y solo Dios sabe cuántas tretas más. Yo sé que a nadie le extrañará que confiese mis faltas, lo que si no se esperaban, es que esto les haga reflexionar en su rectitud y honestidad. ¿Verdad que en casa del jabonero, el que no cae, resbala? Pues ahora yo también quiero reconocer mi contricción, mis ganas de hacer bien las cosas y de ser un ciudadano de primer nivel para poder llamarme "padre" de mis niños, "líder de opinión" y todo aquello que me ha permitido vivir sin tener que corromperme hasta ese grado en que ya no hay vuelta atrás y el resto de mi vida tenga que ser un hijo de puta ante los ojos de los demás.

Y aquí me tienen, renegando del rumbo que tiene el país, pero a la vez, inculcándole a mis hijos el amor a nuestra Patria. Quejándome de lo difícil que se está volviendo ganarse el pan honestamente, pero insistiendo en que ellos sean buenos estudiantes, responsables y pulcros. Que sean buenos ciudadanos, buenos niños y sobre todo, qrue sean los mexicanos que la patria requiere para dejar de irse a la mierda cada sexenio. Vaya, unos supermexicas o algo por el estilo.

Amo a México, pero no al grado de embardunarme los cachertes o hacer sonar desaforadamente una corneta, no tanto como para amar al gobierno o aventarme envuelto en la bandera. Tanto no. Pero hay una patria a la que amo.

Amo la vista de los cerros, verde oscuro, mientras se reflejan en los ojos de sorpresa de mi Valentina, quien no cesa de pedirme que les tome fotografías a las mariposas, al arroyito, a los pájaros. Adoro el México que evoca Braulio cuando canta o declama para participar en su homenaje de los lunes. Amo verlos en la escolta, orgullosos. Amo al México que me dió cien motivos para ir bien planchado y peinado a los actos cívicos, del mismo modo que, en aquellos años, casi veía aquel rostro que, dicen, era el de la patria, sonreírme desde la portada de mis libros de texto. Soy mexicano, soy padre de familia y soy necio en querer hacer lo correcto, aunque en el intento me pasan por encima aquellos que se mocharon, los que tuvieron buenas palancas o los que aceptaron cobrar lo que se callan en vez de ganarse la vida con lo que dicen. Puedo decirme orgulloso de mi "patria chiquita" y me rehúso a verla entre las ciudades más mortíferas, inseguras y corruptas. Para eso estoy de pie.

Entiendo a todos. A los que quieren que su voz se escuche por encima de la voz de aquel quien compró la silla para servirse de nuestro país. Entiendo a los que claman por justicia, los que extrañan a sus muertos y desaparecidos, a todos aquellos a quienes el sistema los dejó a la orilla por ser jubilados, minorías, estudiantes o gente sin dinero. Entiendo. Pero yo, que no estoy en un lecho de rosas, puedo decirles con orgullo que hay un México que ningún corrupto vendepatrias e hijuelaverga puede quitarnos. El México que está metido en nuestros recuerdos, en nuestra piel, en nuestro corazón. Ese es, sin más ni más, el México que vive. ¡Y que viva!

21/02/15

NO TE VAYAS MUY LEJOS

Había estado soñándola toda la semana. La soñaba mandándome a juntar la hoja del elote para llevársela a las vacas de don Martín. La soñaba llenando la cubeta de chayotes enormes y sonriendo al atar los guajes en manojitos. Con sus manos haciendo las bolitas de masa para hornear el pan. La soñaba con tanta intensidad que despertaba sudando, muy triste. Bajaba hasta su habitación solo para descubrir que seguía sin querer comer, sin abrir los ojos. Yo podía reconocer en ese cuerpecito a mi madrecita, aunque hacía ya mucho tiempo que se había ido perdiendo en el mar de los recuerdos.

Ella dejó en mi mil cosas. En mi mente, en mi corazón. Estuvo conmigo en dias terribles, en alegrías completas. Ella me enseñó a no morir aquel día en que Michelle se fue. Ella me dio, con sus palabras, la semilla de la esperanza en que no toda la vida las cosas salen mal. Pero yo estaba al límite con los sueños acerca de ella.

Ayer se la llevaron de casa. Ayer se fue a su recámara, a su cama. Yo, realmente tuve miedo de soñar con ella una vez mas y me embriagué. Bebí escuchando las canciones que sonaban en la radio del abuelo, bebí porque me sentía huérfano de cosa buena. Me dormí y ya no la soñé.

Y hoy pasó que se fue. Hoy caminé la cuadra que separa mi cama de la suya. En el camino supe a lo que iba. Iba a decirle adiós a una mujer a la que quería decirle en cambio "¡te adoro!"...  decirle despacito al oído "no me dejes nunca" Pero si, habría yo mentido. Unas horas antes les dije a mis amigos con toda la entereza del mundo, que cambiaría la fiesta de cumpleaños de mañana, por el gusto de verla descansando. Y mentí. "Hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea" - me habría dicho ella, meneando su dedo con gracia.

Sus frases, sus gestos. "Voy a morirme y nomás no voy a conocer a tus hijos" - me dijo en una ocasión. "Pareces muchacho viejo" - cada vez que se enteraba de mis desmanes. Puedo decirte, viejita, que me siento bien con eso. No recuerdo todos y cada uno de los problemas que seguramente te di, pero yo aquí estoy y eso es seña de que has hecho un buen trabajo conmigo. Te amo.

Gracias, mil gracias a ti. A ti, que nunca dejaste que yo me sintiera menos que los demás, llenándome mi envase de coca-cola con limonada para no envidiar a los que bebían refresco. Gracias por enseñarme el cocimiento de las tortillas, el tiempo de cortar las limas reinas y endulzar la calabaza. Gracias por ser mi madre. Gracias por no acabarte tu amor en tantos hijos, gracias por guardarme mi partecita de tu corazón.

¡No se como decirte tantas cosas juntas! Sin embargo, hay paz en mi pecho, porque todas y cada una de ellas pude decírtelas a la cara... y nunca he aprendido a decir adiós. Me enteré desde aquella fecha en que vi partir a mi hijita y no es diferente el dia de hoy.

Y podría escribir y escribir, solamente motivado por el miedo que me da llegar al final y descubrir que si te has ido de mi vida. Que ya no estarás ahi. Pero, ¿sabes? Espérame solo un poquito, que cuando menos nos demos cuenta, estaré ahi, contigo y con Michelle y con mi Papayito y Armando... ya no ha de faltar mucho, Dios sabe que no miento.

Soy muy cobarde como para decirte adiós. Mejor te diré que nos veremos pronto. Te amo. Siempre te amé y no me alcanza el idioma para decirte cuanto voy a extrañarte. Ya te extraño.

16/06/14

Un Bigote de Fábula.

Nací. Crecí. Pensé luego que era un tipo diferente. Mi papá era un señor ya muy mayor y con muy poca paciencia. Aprendí a charlar con gente grande, con ideas más claras que yo. Aprendí a no hablar tanta pendejada y a dejarme cultivar por sus relatos. Ese señor de gesto duro y de tez morena era mi abuelo,en realidad. Papá no conocí, hasta que aquel señor, de nombre Luis me empezó a reconocer el nombre de "papayito"

Luis Jaimes era "Papayito". Duro y cabrón. Peluquero de oficio y seductor de afición. Espléndido en amores y tozudo en complaceres. Moreno, grandote, diestro y bueno para el oficio de darse a querer. Ya tenía mi abuelo a más nietos, pero yo, al ser hijo de madre soltera, se vió obligado a mantenerme cerquita. Aprendí de la piedra de amolar. De el radio, que tenía empotrado en la pared de la casa, donde por vez primera escuché a Los Beatles, con una canción que decía "todos queremos a Soco, Socorrín, Soco, Socorrín"... tardé en aprender que decía "Yellow submarine" en vez de la brusca traducción de "papay", cuyo mote se acortó al son de las caricias. Era mi papá aquel señor. Me lo gané. Apredí y le hice aprender el amor de un niño, que no tenía la culpa de nacer de ese modo, salvaje y sin papá. Lo amé y me amó. Se vio forzado a dejar las tardes de billar de los jueves para llevarme a pescar "putetas", que era el nombrte coloquial de las carpas de río. Pescamos muchas. Aprendí a caminar al son de los telares y las redinas, que iban y venían por la casa, urdiendo hilos para crear rebozos de magnífica manufactura. Redinas, telares, cañones, urdinas y lanzaderas eran mis palabras favoritas. En la primaria aprendí mil cosas, pero nadie ni nada habría podido prepararme para darle el último adiós a papay. Ese hombre, confiado y cogelón, seductor y de aplomo, solo pudo ser vencido por sus propias células rebeldes, quienes le llevaron el cáncer a su cuello, garboso y moreno. Esperé a que regresara mi compinche de la pesca, de las maravillosas tardes de guayabas y piñluelas hervidas con sal, pero Luis Jaimes ya no volvería a llevarme de la mano por el río. Ya no.

Mi papayito cayó, enfermo. Desfilaron manos y oraciones, intenciones y buenas razones, pero el cáncer se lo tragó vivo. Lo vi, yéndose. Lo vi, sin saber que cada día estaba dándole el adiós. Deliraba, sufría, desvelaba y complicaba sus dias. No sabía yo que nunca más me iba a dar de besos ni abrazos, que no caminaríamos hasta "el tubo" a sacar mojarritas... puta muerte, putísima, se lo llevó. Dice mi mamá que era por piedad, yo no entendía

Le rezó mi madre "la magnífica" y el descansó. Se fue del mundo de los vivos. Se fue de mi lado y con su gesto de cabrón se fué mi último atisbo de paternidad que haya yo conocido. Valí verga. Literal.

Mi hermanita ya no lo conoció. En su enfermedad, no pudo ni abrazarla. Lo echamos al hoyo, y lloré tanto que hasta chistes hicieron de mi llanto. Hijos de puta. Cayendo mi papacito al hoyo, yo me convertí en un animal. Perdí el respeto, perdí mi conducta y mi manera de comportarme. Regresé a la escuela. En la Miguel Hidalgo nunca se supo de un hijo de la chingada como yo. Que entregara todas las tareas, pero que le partiera la madre a Robertito, a Jimón, a Pachuca. Era yo un animal. No toleraba las críticas ni las idioteces. Yo no era un escuincle cagón, yo era el "chícharo" de Papay, que limpiaba pelos y barría, que arrimaba el jabón y la navaja. A la verga!

Me costó mucho trabajo olvidar a mi papacito Luis. Aceptar al marido de mi madre. Me dio hartísimo trabajo, pero obedecí. No quería quedarme fuera del amor familiar, lo necesitaba. Mi abuela, quien había sido mi madre por años, también se quebró. Pero ahí estaba yo, echándole chistes, torteando la masa, sembrando chayotes, cortando guajes, regando los jardines, dándole mil besitos... y pasaron los años. Pasaron y me encontré yéndome de su lado. Buscando esa excelencia que siempre quiso ver en mi, manque fuera yo un huérfano de amores y de ejemplos. Me fui.

Y aunque extrañé el fogón, las tortillas de mano, los frijolitos de la olla y el pan de leche horneado en casa, me aguanté. Regresaba periódicamente a casa, a llenar las barricas, a anudar los rollos de guajes, a quemar olotes en el brasero, a moler el maíz en el molino del patio, los años se fueron.

Cada vez que regresaba, Chiri, que era el nombre cariñoso de Cira Salazar Hernández, mi madre-abuela-amiga-defensora, se iba encorvando más. Cada vez estaba más quieta. Dejó la estufa y el guiso por pasar las tardes rematando servilletas, tejiendo, viendo novelas. Charlar con ella era un laberinto de palabras, donde se le iba olvidando quién era. Y en ese proceso, me le fuí olvidando yo.

A Papayito lo mató el cáncer. A Chiri la fué matando el alzheimer. Dejó de ser interesante y coherente al grado de olvidar su propia prole. Había que olvidar las anécdotas, las recetas y las opiniones para irla despidiendo en retazos. Puede olvidar quién es y que hace, pero nunca el nombre de sus hermanos o el domicilio de su hogar. Cada dos minutos pregunta quién a trajo y quién la regresará a casa. Ya no se levanta de su silla de ruedas. Ya es como un bebé. Yo no reconozco a mi madre en aquel costal de huesitos, de ideas disparatadas y de necedades, pero ahi, muy al fondo, sigue viva mi mamacita, la que me apartaba un taco extra, la que me rellenaba envases de coca-cola de limonada para no hacerme sentir menos que nadie.

Hoy llegué hasta aquí llorando. Sintiendo que soy una pieza fundamental para contar lo que en la casa ocurrió. Como llegaron las nuevas generaciones y como no acabo de despedir aquello que fué mi vida. Pronto, sé que les contaré. Ahora, solo quiero llorar y beber mucho. Salud.

02/10/13

Pequeña Música Nocturna de Mike Resnick


¿Los Beatles?

Sí, los recuerdo. Especialmente al pequeñín, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Ringo.

¿Los Stones? Claro que los contraté. Aquel Mick Como-se--llame era un tipo raro, qué le voy a contar.

Kiss, Led Zeppelin, The Who, Eddie and the Cruisers..., los he contratado a todos, en uno u otro momento. Después de cierto tiempo, todos acaban por confundirse en la memoria de uno. De hecho, sólo hay un grupo que recuerdo con toda claridad. Y es extraño, porque nunca tuvieron un éxito clamoroso.

¿Oyó hablar alguna vez de Vlad y las Empaladoras?

No lo creo. Diablos, no hay ninguna razón para que haya tenido noticia de su existencia. Yo tampoco había oído hablar de ellos hasta que Benny -no es exactamente mi socio, pero cooperamos de vez en cuando- me llama un día y me dice que tiene un grupo nuevo, y que si yo puedo hacerle algún hueco en mi programación. De modo que miro el calendario, veo que me quedan un par de fechas por cubrir y le digo que sí, qué diablos, que me mande a su agente, y tal vez podamos llegar a un acuerdo. Benny dice que no tienen agente, que ese tipo, Vlad, se ocupa personalmente de todos los detalles.

Bueno, si se ha visto alguna vez obligado a tratar con uno de esos payasos, comprenderá que no me sentí precisamente encantado, pero como el primer guitarra de la banda futurista Cubos de Sangre está en la trena por posesión y no veo que nadie vaya corriendo a depositar su fianza, le digo a Benny que tengo media hora disponible para recibirle, a las tres de la tarde.

-Malo, Murray -contesta-. Este tipo se levanta tarde.

-Como todo el mundo en este negocio -digo-, pero las tres de la tarde ya es casi mañana.

-¿Qué tal si cenáis juntos, a las siete más o menos? -sugiere Benny.

-Descartado, muchacho -contesto-. Tengo una cita importante, y acabo de comprar precisamente un juego de cadenas de oro para impresionarla y llevármela al huerto por la vía rápida.

-A ese tipo Vlad no le gusta esperar -dice Benny.

-Bueno, si quiere un puñetero contrato, tendrá que aprender a esperar.

-De acuerdo, de acuerdo, déjame consultarle -dice Benny, y hay una pausa de un minuto-. ¿Qué tal te va a las tres?

-Creí que acababas de decirme que no podía ser a las tres.

-Me refiero a las tres de la madrugada.

-¿Quién es ese tipo, un enfermo de insomnio? -pregunto.

Pero luego recuerdo el Mercedes 560 SL descapotable de color azul pastel que vi el otro día, y pienso, qué diablos, quizás el grupo de ese tipo me permita pagar el primer plazo, de modo que contesto que de acuerdo con las tres de la madrugada...

Y tal como fueron las cosas, podíamos habernos reunido también a las siete, porque la muy zorra me tiró el plato de sopa a la cara y se largó del restaurante, sólo porque yo había empezado a jugar al pequeño tamborilero en su muslo por debajo de la mesa.

Así que me vuelvo a la oficina, me tumbo en el sofá a echar una cabezada y cuando me despierto, me encuentro delante a ese tipo flaco, vestido todo de negro, sentado en una silla y mirándome fijamente. Me figuro que está colgado o algo por el estilo, porque tiene las pupilas dilatadas de pared a pared, y la piel blanca como una hoja de papel. Yo intento recordar cuánto dinero en metálico tenía en los bolsillos al tumbarme, pero entonces él me saluda con un gesto de cabeza, y habla.

-Buenas noches, señor Barron -dice-. Creo que me esperaba usted.

-¿Ah, sí? -pregunto, incorporándome e intentando enfocar la mirada.

-Su socio me ha dicho que viniera a verle aquí -sigue diciendo-. , Yo soy Vlad.

-Oh, de acuerdo -exclamo, y la cabeza se me empieza a aclarar.

-Encantado de conocerle, señor Barron -dice, tendiéndome la mano.

-Llámeme Murray -le contesto, estrechándole la mano, que está tan fría como un pez muerto y tiene casi la misma textura-. Bueno, Vlad -comienzo a decir después de soltar su mano tan pronto como puedo y de reclinarme en el sofá-, cuéntame algo de ti y de tu grupo. ¿Dónde habéis tocado?

-Sobre todo al otro lado del océano -replica, y me doy cuenta de que tiene un acento raro, pero no consigo localizarlo.

-Bueno, no hay nada malo en eso -le digo-. Algunos de nuestros mejores grupos empezaron en Liverpool. Por lo menos, uno de ellos -añado con una risita.

Se me queda mirando sin sonreír, lo cual me pone fuera de mí, porque si hay algo que no puedo soportar es a un tipo sin sentido del humor.

-¿Va a contratar a mi grupo, entonces? -pregunta.

-Para eso estoy aquí, Vlad, tronco -digo, y empiezo a relajarme a medida que voy acostumbrándome a esos ojos y esa piel-. Precisamente tengo una ocasión inmejorable, un crucero a Acapulco. Seis días. Cinco billetes por noche y todas las camareras a las que consigas echar la zarpa. -Sonrío de nuevo para que sepa que está tratando con un hombre de mundo, y no con algún pequeño usurero judío que no sabe de qué va el rollo.

Sacude la cabeza.

-Nada que tenga que ver con el agua.

-¿Se marea? -pregunto.

-Algo por el estilo.

-Muy bien. -Me rasco la cabeza, y de paso compruebo que tengo el peluquín correctamente colocado-. Aquí tengo una boda que quiere un poco de música en la recepción.

-¿De qué religión? -pregunta.

-¿Tiene alguna importancia? -contesto-. Piden un grupo de rock. Nadie le va a pedir que toque Hava Naguila.

-Nada de iglesias -sentencia.

-Para ser un tipo que anda buscando trabajo, amigo, lo pone muy difícil -le digo-. Si quiere trabajar conmigo, tendrá que recorrer la mitad del camino que nos separa.

-Trabajaremos en cualquier local que no sea una iglesia o un barco -contesta-. Sólo tocamos de noche, y exigimos intimidad total durante el día.

Bien, justo en el momento en que decido que estoy perdiendo el tiempo, y me dispongo a enseñarle la puerta, de pronto va y pronuncia las palabras mágicas.

-Si lo hace tal como le pedimos, le entregaremos el cincuenta por ciento de nuestros honorarios, en lugar de su comisión habitual.

-¡Vlad, cariño! -le digo-. ¡Tengo la impresión de que éste es el comienzo de una larga y hermosa amistad! -Me acerco en un par de zancadas al mueble-bar que está detrás de mi mesa de despacho, y empuño una botella de burbujas-. ¿Lo hacemos oficial? -pregunto, mientras saco también un par de copas.

-No bebo... champaña -contesta.

Me encojo de hombros.

-De acuerdo, dime tu veneno, muchacho.

-Tampoco bebo veneno.

-Vale, me rindo -digo-. ¿Qué te parece un Bloody Mary?

Se relame, y los ojos le brillan.

-¿Cuáles son los ingredientes que lleva?

-Bromeas, ¿verdad? -le pregunto.

-Nunca bromeo.

-Vodka y zumo de tomate.

Bueno, me figuro que podemos pasar la noche jugando al Adivina Qué Bebe Este Capullo, de modo que renuncio, saco un contrato impreso del cajón del centro de mi escritorio, y le pido que eche una firma.

-Vlad Dracule -leo mientras él garabatea su firma-. Dracule, Dracule. Me suena familiar.

Me dirige una mirada fulminante.

-¿De veras?

-Pues sí.

-Me temo que está usted equivocado -dice, y puedo ver que se ha puesto tenso por alguna razón.

-¿No tenían los Piratas un tercera base llamado Dracule hacia los años sesenta? -pregunto.

-No sabría decírselo -contesta-. ¿Cuándo y dónde actuaremos?

-Le llamaré para concretar los detalles -informo-. ¿Dónde puedo encontrarle?

-Creo que será mejor que contacte yo con usted -replica.

-Muy bien -digo-. Llámeme mañana por la mañana.

-No estoy disponible por las mañanas.

-De acuerdo, a mediodía entonces. -Miro sus extraños ojos oscuros, y acabo por encogerme de hombros-. Está bien, aquí tiene mi tarjeta. -Escribo en ella el número de casa- Llámeme mañana por la noche.

Toma mi tarjeta, gira sobre sus talones, y sale por la puerta. De repente, recuerdo que no sé el número de componentes de su grupo, y corro a la portería a preguntárselo, pero cuando llego, él ya ha desaparecido. Miro a uno y otro lado de la calle, pero lo único que consigo ver es una especie de pajarraco negro que parece haberse colado por error entre los edificios; por fin doy media vuelta y paso el resto de la noche en mi sofá, recordando la cena de la noche anterior y meditando en que tal vez mi ritmo estuvo ligeramente pasado de revoluciones.

Bueno, Orgullo y Prejuicio, la banda multírracial que acaba todos sus conciertos levantando el puño en alto, está en chirona por pederastia, y de repente me encuentro con un agujero que llenar en el Palace, de modo que me digo a mí mismo, qué diablos, el 50 % es el 50 %, y coloco allí a Vlad y las Empaladoras para el viernes por la noche.

Me paso por su vestidor una hora antes del concierto, y allí está el viejo Vlad más flaco que nunca, rodeado por tres bombones vestidos con camisones blancos y dándoles mordisquitos en el cuello; y pienso que si eso es lo más depravado que es capaz de hacer, resulta muy preferible ala mayoría de los rockeros con los que tengo que lidiar.

-¿Cómo van las cosas, encanto? -digo, y los tres bombones ponen pies en polvorosa de inmediato-. ¿Listos para dejar difunto al auditorio?

-Difunto no me sirve de nada -contesta sin ni tan siquiera sonreír.

De modo que, después de todo, sí que tiene sentido del humor, aunque un tanto seco y siniestrillo.

-¿Qué puedo hacer por usted, señor Barron? -me pregunta.

-Llámame Murray -le corrijo-. El baranda de las relaciones públicas quiere saber dónde habéis tocado últimamente.

-Chicago, Kansas City y Denver.

Le dedico mi risita más sofisticada.

-¿Quieres decir que hay gente entre L.A. y la Gran Manzana?

-No tanta como solía -me contesta, y me imagino que es su manera de informarme de que la banda no está teniendo precisamente un éxito deslumbrante.

-Bueno, no te preocupes, tronco -digo-. Esta noche todo va a ir perfectamente.

Llaman a la puerta; voy a abrir, y entra un muchacho con una caja de cartón larga y plana en las manos.

-¿Qué es eso? -pregunta Vlad, mientras yo despido al mensajero con una propina.

-Me figuré que necesitaríais un poco de comida energética antes de salir al escenario -explico-, de manera que encargué una pizza.

-¿Pizza? -dice, mostrando el ceño-. Nunca la he probado.

-Estás de broma, ¿verdad? -quiero saber.

-Ya se lo dije antes: nunca bromeo. -Mira fijamente la caja-. ¿Qué hay dentro?

-Sólo lo normal -contesto.

-¿Qué es lo normal? -pregunta en tono suspicaz.

-Salchichón, queso, champiñones, olivas, cebolla, anchoas...

-Ha sido muy amable por su parte, Murray, pero nosotros no...

-Y ajo -añado, después de oler la pizza.

Da un grito y se tapa la cara con las manos.

-¡Llévesela de aquí! -chilla.

Bueno, supongo que debe de ser alérgico al ajo, lo que es una jodida lástima porque una pizza sin un poco de ajo no vale nada; pero llamo al chico, y le digo que se lleve la pizza y vea si me pueden devolver el dinero. Una vez ha salido de la habitación, Vlad empieza a recuperar su compostura.

Entonces llega un tipo y avisa que deben estar en el escenario dentro de cuarenta y cinco minutos. Yo pregunto si quieren que me vaya mientras se ponen los trajes.

-¿Trajes? -pregunta desconcertado.

-A menos que penséis actuar con lo que lleváis puesto -gruño.

-A decir verdad, eso es precisamente lo que nos proponemos hacer -responde Vlad.

-Vlad, tronco, preciosidad -le digo-. No sois simplemente cantantes... ¡sois artistas! Tenéis que dar espectáculo por todo el dinero que ha pagado el público..., y eso quiere decir darle algo que mirar, y no sólo algo que escuchar.

-Nadie se ha quejado de nuestra ropa hasta ahora -dice.

-Bueno, tal vez no en Chicago o en Kansas City; pero esto es L.A., pequeño.

-No pusieron pegas en Saigón, ni en Beirut, ni en Chernobyl, ni en Kampala -rezonga con cara de pocos amigos.

-Bueno, ya sabes cómo son esos poblachos rurales del Medio Oeste -comento con un gesto despectivo-. Ahora estáis en la primera división.

-Actuaremos con la ropa que llevamos puesta -dice, y algo en su expresión me indica que es mejor que tome mi dinero y no haga un caso federal del asunto, de modo que me vuelvo a mi oficina y llamo a Denise, el bombón que me regó de sopa; le digo que la he perdonado y le pregunto si tiene algún plan para la noche, pero tiene jaqueca, e incluso puedo oír a la jaqueca gimiendo y susurrando chorraditas dulces a su oído, de modo que le digo lo que realmente pienso de las zorras sin talento que intentan arrimarse a los agentes de espectáculos realmente importantes, y luego voy a la cabina de control y espero que mi nueva adquisición aparezca en el escenario.

Al cabo de unos diez minutos aparecen Vlad, vestido todavía de negro aunque ha añadido una capa a su traje, y las tres Empaladoras con sus camisones blancos; e incluso desde donde yo estoy puedo advertir que han abusado del lápiz de labios y el maquillaje, porque los labios son de un color rojo brillante, y las caras, tan blancas como los camisones. Vlad espera hasta que el auditorio guarda silencio, y yo me vuelvo loco porque lo que empieza a cantar es una especie de rap, y peor aún, canta en algún idioma extranjero de modo que nadie va a entender la letra; pero en el momento en que mayor es mi aprensión de que los espectadores se pongan a destrozar el local, me doy cuenta de que están sentados absolutamente inmóviles, y pienso que una de dos, o le encuentran algún atractivo al asunto después de todo, o se están aburriendo tanto que no les quedan ni siquiera energías para armar jaleo.

Y entonces ocurre algo todavía más extraño. En alguna parte fuera del edificio un perro se pone a ladrar, y luego otro, y un tercero, y un gato maúlla, y muy pronto aquello suena como una sinfonía de corral, y así sigue durante media hora por lo menos, con todos los animales de diez kilómetros a la redonda aullando a la luna, hasta que Vlad se calla, hace una reverencia, y de repente toda la basca se pone en pie y rompe a gritar, a silbar y a aplaudir con tanto entusiasmo que empiezo a creer que estamos ante un nuevo Liverpool.

Corro a las bambalinas para felicitarle, y cuando llego le veo ocupado en dar mordisquitos a un par de chiquillas que han conseguido sortear la barrera de las fuerzas de seguridad; supongo que no es peor eso que compartir un petardo con ellas. Luego se vuelve hacia mí.

-¿Podremos tener el dinero antes de marcharnos de aquí?

-Imposible, chato -digo-. No tendremos las cifras de la recaudación hasta la mañana.

Frunce el entrecejo.

-Muy bien -dice por fin-. Enviaré a un socio mío a su despacho, para recoger nuestra parte.

-Como quieras, Vlad, tronco.

-Se llama Renfield -añade Vlad-. No se deje impresionar por su aspecto.

Como si pudiera impresionarme el aspecto de alguien después de veinte años de organizar conciertos de rock.

-De acuerdo -digo-. Le espero a, digamos..., ¿las diez en punto?

-Me parece aceptable -contesta Vlad-. Ah, una cosa más.

-¿Sí? -pregunto.

-Ese anillo con el escarabajo que lleva en el meñique de la mano izquierda...

Se lo enseño.

-Es una preciosidad, ¿verdad?

-Le recomiendo encarecidamente que se lo quite y lo esconda en su escritorio antes de que aparezca el señor Renfield.

-¿Un cleptómano? -me asombro.

-Algo por el estilo -contesta Vlad.

En ese momento entra en el vestidor una chica de la Western Union y descarga una tonelada de telegramas encima de Vlad.

-¿Qué es esto? -pregunta.

-Significa que has dado en la diana, tronco -digo yo.

-¿Ah, sí?

-Abrelos y léelos -le animo.

Abre el primero, lo lee rápidamente y lo suelta como si fuera una patata caliente. Luego se refugia en un rincón, silbando como un neumático pinchado.

-¿Cuál es el problema? -digo, después de recoger el telegrama y leerlo: TE AMO Y QUIERO UN HIJO TUYO. AMOR Y XXX, KATHY.

-¡Cruces! -balbucea.

-¿Cruces? -repito, intentando entender por qué se ha asustado.

-Abajo -dice, señalando el telegrama con un dedo tembloroso.

-Son equis -le explico-. Quieren decir besos.

-¿Está seguro? -pregunta, todavía acurrucado en el rincón- A mí me parecen cruces.

-No -insisto, saco el bolígrafo y dibujo dos trazos en el telegrama-. Una cruz es así.

Grita y se encoge en posición fetal; me da la sensación de que ha esnifado un poco de coca, después de todo, o bien le ocurre que no encaja bien el éxito, de modo que me despido dando un beso a cada una de las chicas -tienen las mejillas tan frías como la mano de él, y tomo nota para quejarme del sistema de calefacción-, y me vuelvo a casa soñando con los millones que vamos a ganar en los próximos dos años.

Bueno, Renfield aparece a la mañana siguiente, a la hora en punto en que habíamos quedado, y me pregunto qué será lo que le preocupaba a Vlad, porque comparado con la mayoría de los tipos del heavy metal con los que tengo que tratar, no es más que un hombrecillo pacífico y nada prepotente. Charlamos, y me cuenta que su hobby es la entomología; puedo ver que dice la verdad porque su carita hogareña se ilumina como un árbol de Navidad cada vez que sale a relucir el tema de los escarabajos. Por fin, toma el dinero y se va.

En ese momento, un Mercedes me parece realmente muy poca cosa, y empiezo a pensar seriamente en la posibilidad de comprar en su lugar un Rolls Royce Silver Spirit, pero el hecho es que nunca he vuelto a ver a Vlad y las Empaladoras. Orgullo y Prejuicio consigue reunir la fianza, Cubos de Sangre sale libre por los pelos debido a una apreciación técnica del juez, y de repente me encuentro con que lo único que puedo ofrecer a mi nueva superestrella es un concierto patrocinado por un grupo parroquial local, y él lo rechaza; le llamo a su hotel para explicárselo, y me dicen que se ha marchado sin dejar ninguna dirección.

Hojeando Variety y Billboard, el año siguiente, veo que ha actuado en ciudades muy de segunda fila, como Soweto y Lusaka, y lo último que he sabido de él es que se dirigía a Kuwait City; y opino que es una lástima, con todo el dinero que podríamos haber ganado para los dos, pero jamás he podido entender a las estrellas del rock, y ese tipo era un poco más duro de mollera que la mayoría de ellos.

Bueno, tendrán que perdonarme, pero ahora tengo que marcharme. Voy a la primera audición de un nuevo grupo, Igor y los Ladrones de Tumbas, y no quiero llegar con retraso. Me han dicho que tienen mucho talento, pero que les falta vida. Sin embargo, qué diablos, nunca se sabe cuándo y dónde va a surgir el rayo que haga saltar de nuevo la chispa vital decisiva.

08/08/13

UTILERIAS PARA FACEBOOK PT. 1

Seguramente usted se ha encontrado con posts en Facebook que de plano parecen salidos del más abstracto, imbécil e innombrable estado mental de una amiba que vive y se alimenta en las heces del intestino de un jabalí. Bueno, si le pasa como a mi y hasta lo dejan sin palabras, pues le traigo unas imágenes, ya ven que dicen que dicen más de mil. Úselas, relájese. No pasa nada, shhh shhhh.

Le prometemos traerle más de estas útiles y adecuadas imágenes en futuras entregas. Úselas, no hay pedo.

27/06/13

UN NOMBRE DE FLOR.

De pie frente a la ventana se calza los lentes. En el reflejo, endereza la espalda y esboza un puchero coqueto. Pasa la vista por la oficina y desliza el índice por el filo del escritorio. Se acomoda y, tan pronto empieza la música suave, se sumerge en su papeleo. Al Jarreau tiene un extraño influjo ante el aroma de flores del limpiador y el aire cálido de el ambientador. Mide su tiempo en canciones, en veces que lanza miradas a través del cristal y en folders que se van y vienen. De pronto, tiene la sensación de que algo se le ha olvidado y sale, sin rumbo, al pasillo. En la recepción, hay em movimiento de costumbre y nada parece estar fuera de su lugar. Camina acaso tres pasos para volver al papeleo y de pronto, se lleva la mano al pelo y de alguna manera, se engancha la manga con el arete y sale, como una pirinola, disparado al piso, serpenteando hasta perderse detrás del escritorio de la recepción. Un compañero, gentil, a la distancia hace el ademán de agacharse buscando, pero no se levanta de su silla. Ella no sabe perder. Ni una discusión, ni una apuesta y mucho menos aquella prenda. Se agacha poco y no logra nada. Se sienta en la silla y con su mano, disimuladamente escudriña bajo el escritorio, el cablerío y la papelera. Cuando está a punto de perder la paciencia, se sienta, se acomoda y hace el intento de lucir normal. Entonces se encuentra cara a cara con aquel desconocido que le sonríe con simpatía. "No me digas" - Le dice con un tono de desenfado que casi termina de hacerla rabiar. "¿Se le ofrece algo, pendejo?" - Dice mentalmente mientras le sonríe forzadamente. -¿Disculpe usted?

Aquel desconocido le recuerda mucho al típico personaje de telenovela, el que muere pronto, el que no se queda con la protagonista, el que es el alcahuete de los amores tormentosos, pero extrañamente, se ve muy cómodo y confiado. Demasiado. "Veo que se hizo ojo de hormiga" - le dice, señalando su lóbulo vacío. Ella le sonríe. A veces todo lo que queda es sonreír. "Ya sé que no nos conocemos, y seguramente te estarás preguntando a que vine" - Comienza a hablar aquel tipo. Ya es extraño y desconcertante que la tutee y que se recargue con el codo en la parte de la ventanilla de la oficina, con familiaridad. "Exactamente, me estaba preguntando si podría servirle en algo" - Responde, con el aplomo recuperado. "Vine porque el policía me vio hacer malabares para tomarme mi pastilla y me ofreció un conito de agua" - le habla mientras con las manos hace ademanes para ilustrar su charla. Ella le mira las manos. Son las manos que debería tener el hombre ideal en su juventud. Un poco maltratadas, con una bandita en el dedo anular y un arañazo sanando en el dorso. Ella sigue el movimiento de sus manos, perdiéndose un poco en el hilo de la historia. Cuando repara en ello, el desconocido la mira con una ternura que la desarma. "Y entonces, te vi. Te vi lidiando con ese arete fugitivo, y supe que tenía que venir... no a verte, sino a que me vieras" - Remata con una sonrisa y los brazos en jarras, sacando el pecho como un chamaco atrevido. ¿Medicina? ¿Se está usted atendiendo en la torre médica? - Le responde mientras con el mentón le señala el corredor aledaño. "No, verás..." - dice y emprende con un caminar gracioso, parte dolorido y parte hilarante. Se señala la rodilla. "Mitad edad, mitad bicicleta" - y sonríe mientras su barba descuidada enmarca perfectamente su rostro. Me dolió a medio de un mandado y... ¿ya te dije que el policía es muy amable?... si fuera su jefe, le subiría el sueldo, dice con un tono de voz más fuerte. Desde el pasillo, el policía le sonríe y levanta el pulgar. "¿De manera que usted es el hombre encargado de interceder por los salarios? - le responde, un tanto contagiada por lo inverosímil de aquel encuentro.

Entonces, la risa se le congela un poco en la cara. "Ya sé que no me conoces. O si, más bien... nos conocemos de algún lado y tú lo sabes. Igual que yo, te estarás preguntando de dónde, pero te juro por las manos de María la Loca que no lo sé... pero puedo asegurarte que tu y yo tenemos una historia en común" - Le dice, mirándola de una manera que no permite que lo interrumpa. Su tono de voz cambia, se vuelve más profundo, más cálido... ella sabe que de algún modo, aquel sujeto tiene razón. Su sonrisa, un tanto chueca pero simpática. El hecho es que ella no estaba lista para un encuentro así. "No sé tu nombre, pero sé que es el de una flor. Sé que tu nombre es como un poema chiquito y que pasas las horas escribiéndolo de mil maneras cuando no tienes nada que hacer. Sé que te gusta mucho el orden y que seguramente odiarás que deje cabello en el lavamanos, o que se me olvide cerrar el shampoo, pero tu y yo vamos a querernos mucho, ya lo verás" Ella se queda en una pieza, pero extrañamente no es lo incómodo que se supone que sea. Lo escucha y se está echando a andar su imaginación y su curiosidad... Él continúa del mismo tono: "No me mires como a un loco. Tu sabes que no es descabellado lo que te digo. Tu y yo, vamos a amarnos hasta el último dia de nuestras vidas"... cierra el puño y le da un leve y cariñoso golpecito en el mentón mientras le dedica la sonrisa más espléndida. Ella se quiere incorporar, pero no puede. Asiente con muchísimos nervios y ansiedad. No atina a hacer algo distinto. Entonces, con el mismo andar cómico, el sujeto se da la vuelta y se retira, moviendo la mano en señal de despedida. Ella quiere decirle mil cosas. Se le atragantan las palabras, abre los ojos muy grandes. El voltea un poco y le dice, señalando con un ademán de cabeza al policía: "Ya me informaré a que hora regreso por ti en la tarde. Iremos por un café y mientras, estaré tratando de recordar tu nombre, nombre de flor, nombre de poema chiquito" Ella se da la vuelta y se mete a su oficina. Se pasa los dedos por la oreja. Respira hondo y se recarga de el escritorio. No lo esperaba. No puede siquiera pensar que aquello sea serio, ni real... pero mira el reloj. ¿Vendrá? - Piensa. De pronto sus ojos reparan en la litografía de Yul Brynner que cuelga en la pared. Está visiblemente desnivelada. Y por primera vez en mucho tiempo, la deja así, para sentarse en su escritorio a escribir su nombre de mil maneras distintas.

12/06/13

¡PAREN EL MUNDO, AQUI ME BAJO!

Cosas de lo más pachecas he estado leyendo en los medios de comunicación, o bueno, como se le diga ahora a esas madres donde espulgan las noticias. Se dice que hay Alcaldes que no le dan la llave de la ciudad a Jesucristo, no porque no quieran, sino porque primero tendrían que pedirle a los sicarios que se las devuelvan. Quién sabe. La güera hija del Michael negro anda que se quiere morir y en cambio hay en Facebook el chingo de negritos que dependen de un [LIKE] para erradicar su hambre y su sed. ¿Estamos todos locos o que?
Unos quieren olvidar recordando, otros buscan lo bueno en el costal de la basura y otros, los más optimistas, buscan a sus amores en el pasado. Todo esto al mismo tiempo y en bolita.

Yo me siento bien. Extrañamente, duermo muy tranquilo últimamente, me chingo bonito a diario y los resultados van llegando a manos llenas. Hasta mi corazón se siente pletórico. Me siento querido, me siento bien, insisto.

Ahora, tal vez por ser acorde a los tiempos que corren, siento empatía por esta gente que ha encontrado lo que busca en el éter del ciberespacio. Yo mismo llego a sentirme parte de algo importante por estar en la misma sintonía con esa persona que me lee de aquel lado mientras sonreímos. Y me gusta, por que no decirlo.

Yo voy por unas donas de canela, luego vendré a hacer mis IDs para cada día de la semana en el canal. Espero, muchachones, que su "ombligo de la semana" (con que no sea el fundillo del año) esté chingón. Mientras, échenle huevos a todo, que las recompensas son muuuy chidas. AILA!